Qué Barcelona ni ocho cuartos

Por Raúl Bertone

Publicado en Rosario Expres de febrero de 2009

Rosario se ha ganado el mote de ser la Barcelona argentina por las similitudes que guarda con la ciudad española. Sin embargo, existen diferencias abismales en muchos aspectos. El sistema de transporte integrado en el que viajan los barceloneses es un ejemplo. Los rosarinos no sólo no cuentan con un buen servicio, sino que tampoco saben qué va a pasar a futuro. Es claramente un problema de falta de planificación.


Sobre el mote que le han puesto a nuestra querida ciudad de Rosario, designándola como la Barcelona argentina, se ha dicho tanto, que el espacio conceptual aceptará sin dudas una mirada más.

Rosario tiene mucho para parecerse a la segunda ciudad de España y esos parecidos van desde el destino histórico, hasta el perfil político, económico, productivo, cultural y turístico, es decir su realidad actual como ciudad cosmopolita. Las comparaciones cuantitativas suelen ser odiosas, pero también pueden ser oportunas cuando de esas comparaciones se pueden sacar conclusiones positivas y copiar lo bueno que han sabido hacer los otros, especialmente la gente de esa ciudad con la que nos comparan y que nos aventaja en diversos aspectos de desarrollo.


Un sistema de transporte integrado

Además de tener el doble de habitantes, un aeropuerto con vuelos que se cuentan de a miles, un puerto con un movimiento impresionante de carga y pasajeros, Barcelona tiene un sistema de transporte urbano que lo hace envidiable para el sufrido usuario del transporte público vernáculo.

Este sistema está concebido como integrado y es evidente que está organizado para que el pasajero pueda desplazarse combinando distintos medios para llegar a cualquier punto de la ciudad en forma rápida y segura.

Pagando un solo boleto el pasajero urbano puede combinar viajes en tren, metro (subterráneo), ómnibus y tranvía. Los boletos para viajar pueden adquirirse en innumerables puestos de venta, a cualquier hora y en la mayoría de los casos en máquinas automáticas que dan vuelto, funcionan con billetes, monedas y tarjetas de débito o crédito. También están las boleterías tradicionales con personal en los horarios normales.

Un viaje en este sistema integrado cuesta 1 euro y comprados de a diez 0,70 euro cada uno. En este punto cabe aclarar que para comparar no es válido multiplicar por la cotización del euro en pesos, sino hacer una relación con el poder adquisitivo del salario de los barceloneses; en ese caso la cuenta nos da como resultado que ese boleto cuesta entre 1,50 y 2 pesos de los nuestros, según se lo compre de a diez o individual.

Estos son sólo los aspectos sustanciales del sistema de transporte urbano. Resta decir que la red de subtes es muy completa, diversificada, combinada, los vagones limpios, luminosos y con aire acondicionado, que en la periferia de la ciudad la red se enlaza con líneas interurbanas, que hay escaleras mecánicas y ascensores en muchos puntos estratégicos, que la frecuencia es de 3 minutos como máximo, que todo el transporte nacional e internacional está al alcance del sistema integrado y muchos detalles más, que -vistos desde nuestra perspectiva- parecen lujos.

En este escenario es muy común que el habitante de los sectores medios de la sociedad no se preocupe tanto por el auto como eje del desplazamiento de la familia, sino que lo piense más como un medio para vacacionar o pasear. Ir a trabajar, a la escuela o a la universidad en transporte público es lo habitual; los taxis son para uso excepcional (así y todo son excepcionalmente nuevos, amplios, limpios, climatizados y subsisten económicamente).

El sistema de transporte urbano se completa con las bicicletas públicas, un recurso muy interesante y simple que consiste en una red de estaciones de bicicletas ubicadas en puntos estratégicos de la ciudad para que el pasajero acceda pagando un abono anual de costo accesible. Las bicicletas pueden utilizarse en forma ilimitada, siempre que cada viaje no supere los treinta minutos; se retiran rápidamente de una estación pasando la tarjeta del abono y se depositan en cualquier otra estación.

Aquí vale otra aclaración, porque al describir este sistema enseguida surge la cantinela “...acá se robarían las bicis... mejor no lo hagamos...”. Este razonamiento retrógrado desconoce el valor de la educación; el barcelonés aprendió a cuidar las bicis, como aprendió a no tirar papeles y envases en la calle, a seleccionar la basura en cuatro recipientes distintos dentro de su casa y depositarla en contenedores distintos en la calle, caminando para encontrarlos cuando no están en la puerta; todo con educación; porque detrás de cada uno de esos comportamientos está el proyecto urbano colectivo, que si no le entra con la educación, le entra con el control y las multas .

Es precisamente el proyecto urbano colectivo, ese gran motivador que cambia culturas, lo que nos está fallando en este momento a los rosarinos. El proyecto que, aún sin estar explícitamente planteado por el estado cuando fue lo del Congreso de la Lengua, captaron los sectores medios urbanos inmediatamente y se embalaron en un cambio de mentalidad que nos sacó el estigma de comegatos en menos de un año, para proyectarnos al mundo como una ciudad moderna, progresista y culta. Tan embalados estábamos, que nos pareció injusto cuando no nos designaron Capital Mundial de la Cultura.


A Rosario le falta planificación

Nuestro sistema de transporte urbano hoy languidece, no solo por sus problemas crónicos y coyunturales, sino porque ni siquiera tenemos la esperanza de que va a cambiar. Esperar desde 40 a 60 minutos un ómnibus sucio y atiborrado en pleno día sería menos indigno para un ser humano si tuviera la esperanza de que va a cambiar alguna vez; si se sintiera parte de un proyecto colectivo de ciudad que sabe hacia dónde va con su infraestructura de transporte, que sabe que en 10 años tendrá subte o no, que habrá trenes o no, que habrá líneas troncales y secundarias de ómnibus o no.

¿Tendremos tranvías, funiculares, trenes subterráneos, calles elevadas, transporte fluvial? No importa tanto hoy cuándo comienzan las obras y cuándo se inauguran. Lo indispensable es que tengamos un proyecto y eso no lo va a hacer la población espontáneamente; un asunto de este tipo lo tiene que concebir y proyectar el estado municipal. El poder ejecutivo -el Intendente y sus funcionarios- tiene un rol claro e indelegable en este tema y el poder legislativo -el Consejo Deliberante- no puede dejar pasar mucho tiempo para convertir una propuesta en un proyecto colectivo a través de la política bien entendida.


Acá cabe la última aclaración. Surgirá otra cantinela “los políticos son todos iguales... mejor no lo intentemos...” Otro pensamiento retrógrado y descomprometido, que nos ha traído bastantes problemas en los últimos tiempos. Nada más fácil que tener un blanco fácil -el político de turno- a quién echarle la culpa de lo que no somos capaces de hacer. Lo peor es que cuando el habitante de la ciudad encuentra a quien echarle la culpa se despreocupa, como se despreocupa cuando deja el chico en la escuela y le pasa al estado o a la escuela-empresa la responsabilidad de educarlo.

La responsabilidad del desarrollo de un proyecto de ciudad es un asunto político, pero no es sólo del estado; no le cabe solo a los políticos, sino a toda la población, que se expresa a través de sus representantes, o sea los políticos que ha elegido para que transmitan sus necesidades. El asunto político de fondo es que hay que tomar decisiones estratégicas que nos llevarán a un lugar o a otro, según sea la decisión acertada o no; después de tomar las decisiones hay que hacer los trámites necesarios, votar los presupuestos necesarios, conseguir la plata, pagar los impuestos que haya que pagar, en definitiva apoyar con gestos políticos coherentes.

Gestos políticos coherentes son los que hay que tener para apoyar las obras o proyectos que nos convienen como ciudad. No importa qué político los propuso o qué partido lo sostiene o qué gobierno lo inaugura. Eso es política en serio. Eso es hacer política para transformar una realidad que nos disgusta. ¿Vendrá otra cantinela como las de siempre a decirnos que el puerto de la Música es muy caro y que se necesitan hospitales y escuelas antes que obras faraónicas, entonces mejor no hacemos nada? ¿Nos dejaremos dominar por intereses económicos mezquinos y grupos mafiosos que quieren que nada cambie para mantenernos sometidos y chuparnos la sangre para siempre? ¿Seguiremos viajando como ciudadanos de segunda o tendremos la valentía de soñar y hacer realidad un proyecto de transporte en una ciudad para todos?